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Si tus ojos son letales & al mirarte yo me muero, Sos la muerte mas hermosa & tus ojos son mi cielo. El mar es feliz cuando choca las rocas, Màs feliz seria yo si tus labios chocaran con mi boca. Te quiero como a mis ojos, como a mis ojos te quiero. Pero mas quiero a mis ojos, porque mis ojos te vieron. El agua busca el rio, el rio busca el mar & yo busco tus labios para poderte besar. Las palabras son eternas como el cielo es inmortal & mi amor por ti es tan grande que no morirà jamàs, perdona la inocencia, perdona el no saber, deja que cuente esta historia de amar por primera vez.

5.12.11

Leandro

Hay muchas personas en el planeta, diferentes en todo sentido, interior y exteriormente. Ninguna de estas personas es perfecta, absolutamente ninguna. No dejo de sonreír, cuando me acuerdo que tengo libros donde logro que mi imaginación vuele y me lleve a millones de situaciones diferentes, donde me enamoro de los personajes y me alegro y sonrío con ellos, donde lloro o me deprimo cuando ellos lo sienten. Es una sensación, un bienestar increíble saber que un conjunto de palabras pueda llegar tan adentro de una persona, te satisface, te llena plenamente. Gracias a dios que existen seres con este don tan importante, tan hermoso, de poder escribir y transmitirle todo tipo de sentimientos (tan profundos) a personas simples, sin un don especifico (todavía) como yo. 
Toda mi vida voy a recordar cuando lo conocí a él, aparte de sentir cosas inexplicables dentro mio, se hizo imprescindible no leerlo cada día, cada hora, cada minuto, sonreír cada vez que decía algo, o expresaba tan fría y misteriosamente sus sentimientos hacia ella. Sin duda, fue él quien me hizo entender un poco mas ciertas cosas, como por ejemplo: no poder vivir en un mundo donde la persona que amas no esté o entender cuál es el motivo de tu existencia en la vida, o simplemente, cómo estar vivo. Serán cosas muy cursis, pero son cosas que aprendí página por página y que nunca me voy a arrepentir de haber tenido alguien que pueda enseñármelo.
Libros donde aprendés a valorarte vos mismo, a valorar a los demás y a todo lo que te rodea, libros con moralejas, donde aprendés que somos todos imperfectos, que llegar a la perfección (en la realidad) es imposible y donde te muestra que las apariencias engañan, que hay seres extraordinarios acá y allá. Al fin y al cabo, ellos me enseñaron lo mas importante: La perfección, está en miles de oraciones escritas en las hojas de cada libro que, con el solo hecho de abrirlo, te lleva a conocer un lugar mágico y nuevo del que no querés irte jamas.

¿Y entonces? Nada, se oyen las voces y son como los zumbidos de los insectos que rodean nuestros cuerpos. ¿Y entonces? Nada, flotamos, volamos, sonreímos, corremos entre las hojas y rodamos por el pasto, pensamos, vibramos, lloramos y sangramos sobre la corteza de los árboles. Árboles a los que les confiamos nuestros secretos, secretos agudos, malos, negros, oscuros, secretos que lastiman, que golpean, que abren que cierran, que vomitan, que lloran. ¿Y entonces? Nada, dejamos que el aire nos eleve y nos abrigue, dejamos que el soplido sórdido de ladesesperación nos reviente los tímpanos, son inútiles, eso pensamos. ¿Y entonces? No necesito nada, nada, nada, nada más que vos, me enamora tu sonrisa y me besan tus ojos, me abraza tu sensualidad y me aman tus virtudes, desaparecemos como la niebla matinal, sin dejar rastro, desaparecemos como la calidez, sin dejar marcas. Y entonces somos frío, frío y ahogado placer, y entonces somos amor incondicional y confianza ciega, y entonces somos fuego apasionado, libre y desatado, mar enfurecido y calmada brisa. ¿Y entonces amor mío? Lo somos todo.

La noche en la que empecé a crecer, el Cielo oscuro se fue de a poco, entre las grises nubes, bajó una estela de luz que me ayudó a abrir mis ojos, que me ayudó a darme cuenta, que hay motivos para levantarse y para sonreír, a ese regalo divino y perfecto le debo todo lo que soy y quiero ser.
Y por más que vengan días difíciles, que el dolor construyó huecos en nuestra alma, por más que nos encerramos en nosotros mismos, hoy te digo, que mis alas están creciendo despacito, que mis miedos van cediendo, que mi amor por ti va aumentando cada segundo y que soy muy feliz de que me hayas cambiado la vida.
Cada día me gustaba más, era un ser perfecto físicamente, al menos (hasta ahora). Tenia una mirada especial, penetrante, sus ojos me hablaban, me decían cosas lindas, feas, claras, oscuras, cosas que yo sentía que él necesitaba decirme. Su boca me miraba con un brillo especial, me miraba y mi mundo ya no era el que yo pensaba. ¿En qué mundo vivía yo?.
Después de muchos idas y vueltas, nos cruzamos en la biblioteca de la escuela; por alguna razón no obvia comenzamos a conversar, y lo más destacablemente lindo de esa charla, fue que me invitó a merendar con él, se ofreció a ayudarme con tareas que no terminaba de comprender, y que por cierto, no quería entender (nunca).
Luego de esa tarde, todo se hizo un tanto rutinario. Nos encontrábamos en la biblioteca y luego íbamos a la confitería y merendábamos. Me hablaba como un amigo, como un hermano o un esposo de tercera edad, a veces me hacía dudar sobre qué intenciones tenía conmigo, qué pretendía o si realmente le interesaba tener algún tipo de relación (cual quiera fuese, yo era feliz).
Pasaron los días y ese misterio que me transmitía, esa timidez mezclada con ternura, me mataba, me derretía y estaba dispuesta a llenarme de eso, de ese néctar maravilloso que me daba cada vez que me saludaba, o lo veía tomarse su café, con mucha leche y tres sobrecitos de azúcar.
Un día acordamos ir a cenar, ya habíamos merendado tantas veces, queríamos cambiar. Quedamos en encontrarnos a las 9:00 p.m en "nuestra esquina" (donde nos encontrábamos todas las tardes, eso no formaba parte del cambio).
Me vestí lo mas simple y bella posible, quería que me viera diferente y que esa noche fuera especial, tenía un buen presentimiento.
Lo esperé, nunca llegó. No tenía su celular, nunca hizo falta, nos veíamos todos los días, ¿para qué lo iba a necesitar? Y bueno, para este tipo de ocasiones , supongo.
No me deprimí, lo justifiqué pensando buenas razones por su ausencia a nuestra "cita".
Cuando llegué a casa, prendí la tele, estaba TN (como siempre cuando miraba la temperatura y luego salía). Solamente miré y sentí mis lágrimas caer.
Leandro había muerto.

¿Acaso había alguna forma de poder digerir lo que estaba sucediendo? Son estas las situaciones de la vida, donde uno se plantea varias incógnitas. Creo que las personas lo llaman Dudas Existenciales. Cuando vemos un accidente, o hablar a un familiar que perdió a un ser querido, lo más normal es escuchar ese: ¿Por qué a mi? ¿Por qué a él/ella? Igual, no era ni familiar mío, ni un ser querido. Leandro era una persona desconocida para mí, realmente ahora me pongo a pensar que conocía lo básico, es decir, nada sobre él, nunca hablamos cosas tan personales, entonces, ¿por qué yo sentía que sabía todo sobre su vida, o al menos, lo indispensable para saber que él era mi media naranja o mi alma gemela? (frases tan cursis de la actualidad para referirse al a persona que querés que comparta toda tu vida con vos).
Creo que la muerte de Leandro, en mi vida, no fue en vano. Estoy segura de que algún significado tiene que haber. ¿Cómo una persona puede dejar este mundo así como si nada? ¿Cómo Leandro puede dejarme sola llena de preguntas y sin ninguna respuesta? Él no era así... ¿Cómo puede ser que mientras escribo con lagrimas e indignación lo que me está pasando, mis preguntas sin respuestas y la situación que me tocó vivir, esté hablando de Leandro en pretérito?
Mi interior está repleto de emociones muy extrañas, una mezcla de angustia, una terrible angustia, también un poco de nostalgia y melancolía (creo que cada una de estas emociones son bastante parecidas) pero a la vez, tengo esta "caja" dentro mío, que está llena de bronca, dudas, muchísimas dudas, y también de necesidad. Necesidad de llenar este vació interno que me está matando. No voy a seguir así, creo que me voy a poner un objetivo, podría comenzar por: HALLAR MIS RESPUESTAS.
Pareciera que Leandro se fue, y se llevó una parte de mí; con él.
Luego de varios días, encerrada en una burbuja con mis preguntas (sin respuesta) y conmigo misma, donde nos miramos fijamente, y nos dijimos todo lo que necesitábamos saber, junté fuerzas y decidí salir.
Aparentaba ser una persona normal entre todas las demás, respiraba, miraba, caminaba. Caminaba y conmigo llevaba un motor que a fuerza de sacrificio, me hacía poder seguir. Mi duelo nunca iba a terminar, eso lo tenía muy en claro.
 Al fin llegué a destino. La librería. Me propuse tomarme unas horas, o unos días quizás de paz interior, con la compañía de un buen libro. Una gran amiga, me recomendó que leyera Demián, me convenció diciéndome que iba a poder volar un poco, y que sólo tenía que dejarme fluir, simplificando, que me iba a llevar a otro mundo y que tenía, todavía, muchas cosas por comprender (yo seguía sin saber en qué mundo estaba viviendo). Sin embargo, mientras revisaba los estantes buscando por autor, en este caso, Hermann Hesse, me tropecé y tiré unos cuantos libros al piso. Mi cara era de un color tomate mezclado con una ciruela; enseguida, una mujer se acercó y con una voz dulce y cálida, me preguntó si me podía ayudar en algo.
Su tono de voz sonó tan especial. No fue normal, su voz retumbó en cada rincón de mi cuerpo, lo sentí desde mis pies, hasta la cabeza, en la punta de mis dedos y en la sorpresa de mis ojos al ver aquella mujer, tan singular, profunda y hermosa. Simplemente me quedé callada. Le respondí que no, negándole con la cabeza. Me sonrió, me dijo que cualquier cosa le consultará y que su nombre era Cielo.
Comencé a ir a la librería bastante seguido. Ver a Cielo me transportaba a un lugar donde todo mi alrededor, era decachorritos de labrador, ovejas recién bañadas, globos en forma de corazón, abuelitos bailando, tres vaquitas de San Antonio, nubes de algodón, un beso, nenes disfrazados, ositos de peluche, almohadas que explotan, burbujas regordetas, entre otras cosas (mágicas por cierto).
Iba día por medio, ya que sino sería muy notorio mi interés por ella. El día que no iba, planeaba cuál iba a ser el nuevo motivo para ir al día siguiente, o por un libro que no conseguía, o por las nuevas novedades literarias, o simplemente a sentarme y leer algún libro que no tenía en mi biblioteca (o mejor dicho, simular leerlo). Iba rotando las posibilidades de acuerdo a mis ganas y a las energías del nuevo día que comenzaba.
Al pasar las semanas (siguiendo mi ritual) Cielo ya me hablaba con una confianza más transparente. Hablar con ella, aunque fuese de la pavada más importante, me resultaba armonioso. Intercambiar frases, ideas, palabras, miradas, me transmitía una paz especial. Yo sentía algo diferente dentro mío, esto no estaba siendo nada normal.
Un viernes, mientras caminaba con mi plan del día, pensando en lo que iba a decir y/o hacer mientras charlaba con Cielo,vi un puesto de flores, justo una cuadra antes de la Librería. La primavera se avecinaba, las flores tenían un brillo y una frescura deliciosa, sin dudarlo, agarré mi billetera, y le compré un ramo de jazmines, su aroma era tan perfecto, me llenaba el cuerpo de sensaciones ricas, seguramente a ella le iba a agradar recibir un regalo para terminar bien el día. Cuando llegué, la saludé como siempre, y le dí el ramo de jazmines. Me sonrío y me abrazó. ¿Qué fue eso? ¿Mariposas en la panza? Las cosas se estaban tornando tan extrañas. Yo estaba segura de mi sexualidad, nunca me había atraído una mujer, sí podría decir que puedo aceptar, cuando una muchacha es linda, o tiene un lindo cuerpo, pero sexualmente o tan cariñosamente, jamás. Estas mariposas que estaba sintiendo eran síntomas que, al menos en mi vida, se sentían con la presencia de hombres, mejor dicho, con la presencia de un hombre, Leandro.
¿Acaso yo me estaba haciendo la cabeza? ¿La película la estaba creando yo y con cada mínimo detalle o motivo que ella me diera, iba a dudar y a seguir imaginando que había una química especial? Cielo me trataba de una manera extraña, era una amiga (bueno, algo más quizás), pero me hablaba también como una hermana, a veces opinaba sobre algo y me hacia acordar a mi abuela, y ese tipo de personas (las que tienen tantos roles diferentes y lo saben hacer tan bien), hacen que mi cabeza revuelva en recuerdos y justamente, empiece mi duelo una vez más.
Luego de ese momento especial y lleno de dudas, surgió lo inesperado. Cielo me invitó a tomar un café al bar que estaba en la esquina (muy cerca de la florería). ¿Qué debería responderle? ¿La confianza había aumentado tanto en este poco tiempo como para aceptarle un café? ¿De qué íbamos a hablar? ¿Qué le iba a decir? ¿Esto era una cita? ¿Cómo la iba a mirar con mis dudas en los ojos? Luego de hacerme todas estas preguntas en un microsegundo, le respondí que Sí con la cabeza. Me pidió que la esperase 2 minutos, tenía que terminar papelerío y agarrar sus cosas.
Salimos de la librería, son estos los casos donde, generalmente si uno está bien acompañado, se agarra de la mano (en el caso de un noviazgo) o del brazo (maridos, abuelos, amigos); en mi caso, simplemente caminamos juntas, pero sin ningún tipo de contacto hasta la esquina, dónde se encontraba Hugys. Entramos, me preguntó dónde quería sentarme ¿por qué no hablaba? Me resultaba tan difícil pronunciar algún tipo de sonido/palabra, no sabía cómo expresarme. Notó algo raro en mí, lo vi en su cara, igualmente, no me dijo nada y se sentó en una mesa, que daba para la calle, a dos lugares de la puerta de entrada. Los nervios me invadían, son esos síntomas inevitables (manos transpiradas, ganas de hacer pis, temblores, dolor de panza, enfriamiento de dedos, entre otros) que son difíciles de disimular. Ella lo notó, pero sin embargo todo siguió como si nada, y por suerte, fue ella quién comenzó la conversación: ¿Qué querés tomar? Ya está, tenía que juntar valor, estaba haciendo un papelón y simplemente era un café. Una lágrima, le contesté. Se acercó el mozo, y ella, con dulzura y una sonrisa le dijo: una lágrima y un cortado por favor.
¿Debería seguir yo? ¿Qué le tenía que decir? ¿Por qué no podía ser espontánea?
Junté fuerzas, y logré que mis nervios se extinguieran. Hablamos de cómo había sido el día, de la familia, de nuestros gustos, del amor… Llegado el tema, decidí contarle a Cielo, sobre Leandro. Cuando estaba por comenzar (luego de pensar detalladamente como empezar, cómo contarle)… me dijo: Ya es tarde, ¿nos vamos?
Atónita, agarré mi pulóver, mi cartera, y salimos a la puerta.
Era una de esas noches donde todo es oscuro, la temperatura había bajado a pesar de la afortunada primavera y el bello clima que estábamos teniendo, las luces ya no parecían tan claras, el departamento me miraba con desprecio y tristeza, mi cama ni siquiera quería abrigarme, mi piel estaba fría, y mi corazón también.
La “cita” que había tenido con Cielo me debilitó. ¿Cómo puede querer irse justo cuando le estoy por contar mi historia con Leandro?
Además de que, me hubiera gustado que lo supiera, realmente necesitaba hablar de él, de cuánto lo extraño, de la importancia que se ganó en mi vida. Estoy a favor de que las casualidades no existen, Cielo sabía que yo le iba a hablar de Leandro, no sé cómo, pero lo sabía. Me debilitó de la peor manera, me estaba quemando el cuerpo, sentía un dolor interminable en mi pecho, la falta de Leandro en mi vida cada vez se hacía más grande. Me largué a llorar. Necesitaba expulsar toda esta miseria que estaba dentro de mí, miseria mezclada con bronca, impotencia, melancolía, nostalgia…
La noche se hizo interminable, lloré horas y horas, parecía que en mi interior había un río de lágrimas que tenía que dejar fluir. Cuando la noche anterior me despedí de Cielo, me dio un beso y me dijo: “Nos vemos mañana en la librería!”, realmente no tenía ganas de ir, ni a buscar libros, ni a verla a ella, la situación que me había tocado vivir anoche me había dejado con un bloqueo emocional bastante grande.
Seguí llorando mi río interminable unas cuantas horas más, cuando pude respirar hondo, y no llorar más, me fundí en sueños bastantes extraños que aumentaron mis incógnitas al doble.
Yo no dejaba de llorar, Leandro me miraba, me acariciaba el pelo, me daba un beso en la frente, él estaba acostado y yo a su lado, apoyada en su pecho, un poco más abajo. No veía su cara, pero sentía sus manos, sus dedos secando mis lágrimas, su boca cuando besaba mi piel. No me hablaba, pero yo lo sentía más cerca que nunca. A pesar de mi llanto, me sentía tan bien, sus caricias me llenaban el alma, “Te extraño” le dije, y me respondió “Estoy acá, con vos”… Pero su voz, no era la que yo conocía, era una voz familiar, era una voz femenina, en seguida me di vuelta para mirarle la cara, y estaba Cielo mirándome a los ojos y sonriéndome.
Me desperté transpirada, y llorando una vez más. ¿Qué fue ese sueño? ¿Fue la señal que yo buscaba? ¿Era la respuesta a todas las dudas que tenía? ¿Me estaba volviendo loca?
Tengo que ser realista y honesta, realmente, aunque parezca un desquicio… desde un primer momento lo pensé, Cielo me recordaba muchísimo a Leandro. Por eso mismo sentía esas mariposas en la panza, por eso mismo me llenaba de nervios cada vez que la veía, por eso mismo la considero especial. Cielo me hablaba como Leandro, pensaba como Leandro, no era igual, obviamente, era una mujer, pero su parecido con Leandro me dejaba atónita. ¿No es normal esto, no?
Ésta era la respuesta a mi obsesión por aquella mujer que me hacía sentir cambios de 180º cada vez que la veía, hablaba, tocaba, miraba.
¿Cómo podía ser? Primero, Cielo era una mujer, segundo, Leandro era tan único, no había dos personas iguales (y menos dos Leandros), y tercero, me estaba volviendo loca, muy loca. Medité la idea de ir a un Psicólogo o Psiquiatra, pero antes que nada, tenía que hablar urgente con Cielo.
A mitad de mañana, decidí ir a la librería. Cielo tenía que escucharme. Me vestí y peiné como pude (o intenté al menos), los ánimos estaban dibujados en mi cara, más no podía hacer.
¿Qué pensaba plantearle? ¿Cómo iba a reaccionar ella? En realidad, yo no estaba segura absolutamente de nada, por un extraño sueño que había tenido, iba a terminar haciendo una escena patética y vergonzosa, Cielo iba a pensar lo peor de mí, no sólo por invadir su lugar de trabajo, sino por decirle cosas que solamente, una psicótica diría y por hacerla pasar por una situación realmente incómoda (para ella, y para mí también).
¿Ella se merece toda esta escena de loca, perseguida, delirante? Siempre soy honesta, ella siempre me trató bien, con su dulzura tan particular y su mirada llena de luz ¿Por qué tenía que llegar a este punto? ¿Cuál era la necesidad? ¿Mi nueva respuesta acaso? ¿Justificaba hacer todo este teatro? El fin justifica los medios, dicen por ahí ¿Qué es eso?
Llegué. Me asomé por el vidrio y la vi. Estaba detrás del mostrador, conversando con una compañera de trabajo. Quería… pero no me animaba a entrar. Tenía tanto para decirle, y probablemente cuando llegara el momento en que me aniquilara y torturara con sus hermosos ojos miel, las palabras desaparecerían y mi voz iba a dejar de existir.
Entré. Me miró contenta ¿Por qué me hacía eso? ¿Por qué me sonreía así? No me lo merecía, no supe qué hacer. La reacción de moverme, hablar y saludarla no llegaba hasta mi cuerpo. De pronto, todo me dio vueltas, tenía que concentrarme, había ido hasta allí para algo, algo muy importante, algo que yo necesitaba sacar de mi interior con urgencia, y lo estaba arruinando todo. A pesar de la vista borrosa, pude verla, apreciarla. Su sonrisa se había ido, su cara mostraba sorpresa y miedo, estaba preocupada. Me hablaba y yo no sabía cómo demostrarle que, de verdad, la estaba escuchando. Mi cuerpo no me lo permitía ¿Desde cuándo mi cuerpo tenía poder sobre lo que hacía o dejaba de hacer? Estaba parada, delante de ella sin vida, con suerte, me acordé que, necesitaba respirar.
Me llené de fuerzas, necesitaba tranquilizarme y concentrarme, tenía que terminar, o mejor dicho, empezar lo que tenía para decirle.
Sí, le dije, fue lo primero que pude pronunciar.
Se acercaba la medianoche, esta vez, mi departamento se veía oscuro, pero tenía una luz sentada en mi cama. Después de la situación caótica (al menos para mí) de la librería, Cielo decidió amablemente acompañarme a casa, quiso llamar a un médico, pero la convencí de que de verdad, había sido una baja de presión sumada con algún resfrío (es imposible de creer eso, ¿no?).
Tenía ganas de llorar, no sabía qué decirle, había estado unas horas durmiendo, Cielo me había hecho una lágrima y había estado mirándome dormir. Cuando me levanté, se acercó a la cama y se sentó en frente mío. Lo primero que hice fue pedirle eternas disculpas por la situación que la había hecho pasar, realmente, había sido desastroso y por mis pavadas le había complicado la situación en su trabajo. Simplemente me sonrió (como lo hubiera hecho Leandro) y no dijo nada más. Luego, le dije que tenía cosas muy importantes para decirle, y que de verdad necesitaba que me escuchase e intentara entenderme, no era nada fácil estar frente a la persona que me provocaba tantas cosas interior y exteriormente y decirle como si fuera un Cómo andás todo lo que estaba sintiendo, en mí y para con ella.
¿Por qué simplemente me miraba y no me decía nada? ¿Por qué me sonreía como si todo estuviera perfecto? ¿Acaso no se daba cuenta de lo que le estaba por decir? Tan tonta soy ¿Cómo iba a saber qué le tenía que decir? como si Cielo leyera la mente… Tenía que comenzar contándole mi sueño, tenía que contarle quién era Leandro.
Una vez más, me llené de fuerzas (son momentos donde la concentración tiene que ser lo primero y que duran aproximadamente 20 segundos, esos son los momentos en los que me siento invadida de fuerzas y dejo salir todo lo que tengo que decir) y le dije: Quiero contarte sobre alguien, una persona que hoy no está más acá, pero que fue realmente muy importante para mí, se llama Leandro.
Repentinamente Cielo volvía a sonreírme, y me interrumpió tranquilamente diciéndome: Ya nos conocemos.
Estaba atónita, no sabía de qué me estaba hablando, mi cabeza se hizo un torbellino de dudas, de preguntas y respuestas que no concordaban ¿Ya se conocían? ¿Cielo conocía a Leandro? ¿De dónde? ¿Cómo? ¿Cuándo?
Me tranquilizó, me preguntó qué más tenía que decirle ¿Cómo sabía que tenía algo más para decirle? Esto se estaba tornando muy extraño, me estaba asustando. No me animé a preguntarle nada más, simplemente proseguí, diciéndole que había tenido un sueño con ella, pero que en realidad no era ella, era Leandro, o viceversa quizás ¿Era Leandro o era Cielo? No sabía muy bien cómo explicárselo, así que opté por contarle con detalle cómo había sido mi sueño tan extraño y que para ella, hasta parecía gracioso. Luego de contarle, yo la miraba a los ojos y veía felicidad, Cielo estaba feliz y yo estaba agonizando. ¿Qué estaba pasando? Las cartas estaban sobre la mesa, me quedaban sólo dos y tenía que mostrarlas, le conté absolutamente todo, desde el comienzo, lo que me pasó cuando la conocí, las sensaciones que me producía y las demás emociones que sólo había sentido en algún momento, con Leandro. Cielo me miraba con ternura, me miraba y yo era insignificante al lado de ella, era una niña pequeña con miedos y muchas ganas de descargar todo lo que me tenía tan triste.
Cuando Cielo me había dicho “Ya nos conocemos” había sonado irónico y gracioso para ella, así lo había dado a entender ¿O yo estaba entendiendo mal las cosas? ¿De verdad se conocían? Era imposible. Luego de escucharme, se acercó y me dio un beso en la frente, fue en ese momento que me sentí en las nubes, cerré los ojos, Leandro estaba besándome, estaba acariciándome la mejilla y sentía sus labios en mi piel. Se alejó y abrí los ojos repentinamente. Cielo me sonreía, después de unos segundos de silencio, me dijo: Lucía, mi amor, soy yo.